Sardinas, una quebrada que resiste en medio del petróleo
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Un derrame de crudo presentado en zona rural de Mocoa contaminó la quebrada Sardinas, que abastece a comunidades afroamazónicas e indígenas en varios municipios de Putumayo. El petróleo, mató a diversas especies de animales y afecta una bocatoma que las comunidades pretenden recuperar. Además, la emergencia dejó en evidencia la operación de un pozo que según los habitantes de la región no estaba en funcionamiento.
Por: Paola Jinneth Silva, periodista y Edilma Prada, editora intercultural de Agenda Propia.

El derrame de petróleo, presentado el 8 de junio de 2026, volvió a contaminar el nacimiento de la quebrada Sardinas, un afluente que nace en la vereda La Pasera, en el municipio de Mocoa. Esta atraviesa las veredas San Pedro Guadalupe, Sardinas, La Patria y Jauno, del municipio de Puerto Guzmán, hasta desembocar en el río Caquetá, en Putumayo, territorio de la Amazonía colombiana.
Tres días después de la emergencia, Gustavo Castillo, Pedronel Castillo y su hijo Pedro, —quienes son de las familias fundadoras de la región y sostienen el patrimonio tradicional afrodescendiente—, recorrieron la zona contaminada. La periodista Paola Silva de La Minga Kiwe, medio aliado de Agenda Propia, acompañó a los líderes.
A los costados de la carretera entre los municipios de Villagarzón a Puerto Guzmán se encuentran dos prados abiertos, que se parecen a canchas de fútbol. En el centro, una estructura cercada resguarda una tubería roja con válvulas y conexiones. Son pozos petroleros.
“Aquí están el Toroyaco 4 y el Toroyaco 1 de la empresa Gran Tierra y están ubicados en el nacimiento de la quebrada Sardinas. Ambas partes han tenido problemas de contaminación”, dice Pedronel Castillo.
El punto de origen del derrame es una planicie donde se observan carrotanques parqueados en la vía destapada que conduce del municipio de Villagarzón a Puerto Guzmán, y que han sido dispuestos para recoger el crudo que dos camiones de vacío recuperan cerca al “muñeco” como llaman al pozo. La zona, llena de lodo, agua y pasto, fue encerrada con un plástico verde y lonas de contención mientras se resuelve la emergencia.


Los líderes son atendidos por un contratista de la empresa Varichem Group. Esta firma, está encargada junto a Serviputumayo, Serobras, LYS Palmeras y Servivalencia de controlar el incidente, según informó la autoridad ambiental Corporación para el Desarrollo Sostenible del Sur de la Amazonía (Corpoamazonía). La autoridad precisó que el derrame se originó por una falla tecnológica operacional en una de las líneas de transferencia del pozo Toroyaco 1 y confirmó la contaminación del suelo, sedimentos, la afectación de la cobertura vegetal y la alteración del recurso hídrico.
El funcionario le explica a los líderes que están trabajando día y noche en recoger el crudo y el agua contaminada a través de diques y telas oleofílicas. También, les asegura que cuadrillas o grupos de personas están quebrada abajo limpiando hasta el río Caquetá.
El crudo sobre la quebrada Sardinas afectó peces, lagartos y mamíferos, según el registro y relatos de las cuadrillas o grupos de limpieza. Fotos: Pedro Castillo.
La sorpresa para Gustavo, no fue solamente el derrame sino enterarse de lo que él califica como una mentira. La multinacional canadiense Gran Tierra Energy le había informado a la comunidad que los pozos no estaban en funcionamiento. La emergencia reveló lo contrario, lo que refuerza la sensación de desinformación y falta de transparencia frente a la operación petrolera en su territorio.
Revisamos el estado del pozo en el visor de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH) y se verifica que se encuentra activo. En el caso del oleoducto Linda–Toroyaco, infraestructura que transporta el crudo en el bloque Santana, (del cual hace parte el pozo Toroyaco 1), la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) aseguró que se encuentra inactivo desde el año 2022, así lo informó a este medio el 10 de abril de 2026 en una solicitud de información sobre otro derrame en la zona.


Sobre el cauce del río se observan telas oleofílicas que absorben y retienen el crudo y evitan que corran aguas abajo mientras mujeres y hombres recogen hojas y troncos impregnados de petróleo y lo disponen en bolsas rojas y costales para su posterior retiro. Foto: Paola Jinneth Silva.
Los líderes observan que el crudo se filtró por el bosque, mientras caminan por el área. Las raíces de los árboles, ennegrecidas y brillantes, marcan la ruta de la mancha. A menos de 50 metros, la primera cuadrilla —tres hombres del sector— recoge el crudo en baldes, cargándolo al hombro en un esfuerzo que mezcla una oportunidad laboral y resignación.
“Esta zona es una esponja. Son nacimientos de agua que, con la pendiente, empiezan a escurrir y forman la quebrada Sardinas”, dice Gustavo.
Ese hilo de agua se junta con otras corrientes que alimentaban la bocatoma comunitaria.
Gustavo se detiene. Mira el paisaje intervenido y lanza la pregunta que atraviesa todo el recorrido.
“¿Quién dio permiso a Gran Tierra para perforar dentro de los nacimientos de las fuentes hídricas? Pero si fuéramos nosotros, seríamos criminales y nos persiguen como perro al guara, entonces a esto —dice señalando el desastre— cómo le podemos llamar?”, enfatiza en el trato injusto que la ley hace entre multinacionales y campesinos.
Más adelante, otras cuadrillas trabajan entre el agua y la grasa. Recogen material vegetal en bolsas rojas, y el crudo lo depositan en baldes, tanques y galones, que luego cargan montaña arriba.
Uno de los trabajadores le comenta a los líderes, que durante la jornada de descontaminación vieron pasar una boruga y un armadillo, desorientados. “Los animalitos se untan de ese aceite, se lamen, toman agua… y se mueren”, comenta preocupado Gustavo.
También han encontrado lagartijas y peces sin vida. El derrame no solo contamina el agua: altera el pulso completo del bosque y del aire que se respira.

La mancha de petróleo no sólo pintó las rocas y orillas de la quebrada, también la vegetación aledaña al cauce. Foto: Paola Jinneth Silva.
Reparar el esfuerzo comunitario
Mientras caminan por el borde de la quebrada Sardinas, aseguran que es el afluente que hace más de 45 años les permitió crear un acueducto para el beneficio de comunidades afrodescendientes que se estaban asentando en esa época en la zona. La llegada de la petrolera y posteriores contaminaciones les arrebató el derecho al agua limpia.
Pedronel lo recuerda con el cuerpo. A sus 73 años, habla desde el cansancio, dice que tiene dificultades visuales y la cadera desgastada como resultado del duro trabajo de toda su vida en la región. Él fue uno de los fundadores de la vereda, junto a su padre Victor Bernal y otros comuneros como Inocencio Castillo y Leonidas Quiñones, cargaron montaña arriba la arena y los materiales para construir la bocatoma, en tiempos en que no existían vías.
“En vista de eso nuestros ancestros nos ayudaron a hacer ese acueducto, con permisos y todo. Se nos pelaban las costillas loma arriba llevando material”, dice. Hoy está de pie sobre una obra: un canal de cemento que atraviesa la quebrada y una alberca manchada de petróleo.
La bocatoma abastecía a tres veredas: La Patria, San Pedro y Sardinas. Actualmente, ese sistema comunitario está perdido. Gustavo, líder del sector, no oculta la indignación.
A Pedronel le entristece que tanto esfuerzo comunal sea desplazado por las actividades petroleras.

Los líderes insisten en un hecho que consideran clave: la bocatoma existía antes que el pozo petrolero. Incluso recuerdan que hace muchos años, cuando ocurrió otro derrame, la empresa intentó tumbar la obra. “Nos dimos cuenta y no lo permitimos, porque eso fue un esfuerzo de nuestros ancestros”, dice Pedronel.
Además, Gustavo recuerda que la multinacional se comprometió a construir una bocatoma para cada vereda, pero eso quedó en promesas. “La empresa hizo un atranco en otro lugar donde no abastece el agua suficiente para las tres veredas y nos pusieron en conflicto por esa razón, por ello queríamos reactivar la bocatoma para que la vereda San Pedro tenga agua. Ahora, la empresa que nos perjudicó, nos mandá a pedir permisos a Corpoamazonía y servidumbres. Si ellos dañaron la bocatoma, ellos deben restablecerse los permisos y el agua”, añade.
“Todos estos años no he visto un proyecto o una ayuda para la comunidad”, dice Pedronel refiriéndose a la compensación de los daños de la industria en la región.
Señala unas mangueras que cuelgan. “Esas son mías, llevaban el agua para mis pocetas”. Un proyecto de piscicultura, del que dependía su alimentación y parte de su sustento que también recibía agua de esta bocatoma. “Yo vendía pescado en la vereda y en los municipios, pero con tanta contaminación y la enfermedad, uno va mermando. Y da tristeza, porque la vejez llega así”, dice, sin apartar la mirada del agua oscura.
Aunque el agua ha empezado a aclararse, en las hojas, musgos y rocas aún continúa la presencia de crudo, arrastrando manchas quebrada abajo. Foto: Paola Jinneth Silva.
Pedronel, además comenta que sobre la actual contaminación una persona lo visitó para evaluar los impactos en la comunidad. “No se identificó, no me quiso decir de qué entidad venía, ni me quiso dar el nombre. Le tomó fotos a mis pocetas, le conté del acueducto, pero no me dejó un certificado de visita. ¿Entonces, a quién le reclamo mis derechos?”, expresa.
Añade con indignación que estos derrames acaban con sus sueños y el de las futuras generaciones.
“Tenemos niños estudiando que se benefician de esta agua. Esto no se puede tapar con un dedo. Duele porque ha sido un esfuerzo grande de nuestros ancestros para que una petrolera venga a pisotearnos, a acabarnos, a desplazarnos de nuestras propias servidumbres”.
Otro derrame que se presentó en la misma zona, en el acueducto Sardinata–San Pedro, ocurrió en 2007, según la petrolera Gran Tierra Energy. Aseguró que la emergencia fue atendida por la compañía y cerrada por las autoridades. “Fue atendido por la Compañía en su momento en coordinación con las autoridades ambientales competentes. El caso fue oficialmente cerrado por dichas autoridades tras la finalización de las acciones de atención y remediación requeridas. Desde entonces, Gran Tierra ha mantenido una relación colaborativa y un diálogo permanente con los actores locales y las autoridades, reafirmando su compromiso con la gestión ambiental y la transparencia”, esa fue la respuesta a un derecho de petición enviado a Agenda Propia, para el reportaje que trató la contaminación de la quebrada NN y que afecta un proyecto productivo de comunidades afroamazónicas en la reserva Minga Kuri, ubicada en la misma región.
Mientras caminan por el bosque amazónico que atraviesa la quebrada, el paisaje se vuelve contradictorio. Se escucha el trinar de las aves, pero las orillas, las hojas, las plantas pequeñas y las piedras están cubiertas por una capa de petróleo.
Más abajo de la bocatoma, la quebrada forma una cascada que cae en un pozo, ahora se observa el chorro. Pedronel dice que era un lugar de encuentro, de descanso, de juego. “Aquí venían muchas aves a anidar, pero a raíz de las contaminaciones se fueron”, recuerda.

El agua parece querer aclararse, pero las huellas de petróleo permanecen. Los troncos, las rocas y las orillas lucen como una olla vieja y grasosa. El daño es evidente. Gustavo lo sabe: esto no se repara rápido. Expresa que harán falta meses para que las hojas, los musgos y la vida misma vuelvan a limpiarse.
Impacto a las plantas medicinales
Durante el recorrido, Pedronel observa la vegetación llena de petróleo. Ha identificado algunas plantas medicinales. Él creció entre saberes. Es hijo de una sabedora afro de 96 años y de un abuelo curandero que hizo de las plantas su lenguaje y su oficio.

Muchas de estas hierbas, fundamentales para la medicina tradicional y la vida del monte, hoy se ven afectadas. Con ellas, no solo desaparecen especies, sino también fragmentos de un conocimiento ancestral que ha cuidado la vida en silencio durante generaciones.
Logra identificar semillas, bejucos y plantas. Nombra el caracolí, alimento de la boruga; la golondrina, usada para tratar mordeduras de serpiente; y la chanca piedra, que brota entre rocas y sirve para los cálculos y la fiebre.
También menciona el bejuco de ámbar. “Uno lo corta y toma el agua, es curativo”. Habla de la zarzaparrilla, amarga, es eficaz contra la fiebre, y de otras plantas conocidas en la región como el huaco, la palma china, la oreja de pobre y el llamunde, vegetal del que se obtiene incienso. Recuerda el caraño y el púchico, una pepa agridulce que también hace parte de la dieta del monte.
Recuerda que aprendió de su abuelo. “Vimos cómo con su conocimiento ayudaba a curar hernias y aliviar picaduras de serpientes. Nuestros padres también nos enseñaron a reconocer los árboles, a comer de ellos, igual que lo hacen los animales”.

Su abuelo preparaba una botella medicinal que servía como antídoto para picaduras de culebra, conga (hormiga) y arañas. Ese legado no solo quedó en la memoria, sino en la mirada de Pedronel, que hoy recorre el territorio reconociendo lo que sigue vivo y lo que se pierde.
La cultura afrodescendiente en el Putumayo resiste. Esta población en la región corresponde al 3,7%, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). El grupo étnico se asentó hace más de un siglo en territorio amazónico, llegó atraído por distintas bonanzas como el caucho, el oro y el petróleo. Hoy en día, conforman diversos consejos comunitarios, espacios colectivos que contribuyen a preservar sus costumbres.
Entre los árboles, Pedronel destaca el fono, una especie que alimenta a múltiples animales. Su flor, roja y blanca, se transforma en un fruto más grande que el chontaduro, consumido por el viraño o tití, así como por venados y otros habitantes del bosque.

Pedronel además expresa con dolor que no puede dejar de pensar en las siguientes generaciones, quienes ya no verán, por ejemplo, los peces que tenía la cascada y la llegada de loros y guacamayos. “Desde que entró la petrolera eso se ha acabado”, afirma.
Por estos territorios también caminan sabedores y comunidades del resguardo indígena Aguaditas, del pueblo Nasa de Puerto Guzmán, quienes de igual forma se ven perjudicados por la contaminación. “La zona afectada, el bosque, la quebrada y la chorrera son un espacio sagrado y de concentración espiritual que ha sido degradado. Desde hace muchos años nosotros los visitamos para realizar rituales de armonización, abrir camino y de sanación que son importantes para la pervivencia de nuestro pueblo”. dijo Camilo Secue, Guardia indígena Nasa en conversación a través de WhatsApp.
El resguardo tiene proyectado realizar su ritual mayor del Sek Buy (el nacimiento del año nuevo andino o recibimiento del sol niño) en este lugar, según informó en un comunicado de la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz.
Exigencias y preocupaciones
Los líderes desconocen cuántos barriles de petróleo corrieron por la quebrada Sardinas hasta el río Caquetá, expresan que aún no es claro cuál fue el motivo de la emergencia. Les preocupa que el proceso de descontaminación, que significa llevar el material recogido a las plantas de tratamiento, afecten otras fuentes hídricas como El Picudo.

“Nosotros le hemos expresado a Corpoamazonía que las plantas de tratamiento, donde llevan estos residuos, que está por la zona del romboy del cruce hacia Puerto Limón, ahí nacen las quebradas. Allí le dieron permiso a la petrolera para que construyeran una planta de tratamiento de residuos petroleros. Hemos visto que cuando llegan las aguas contaminadas, allá le dan vuelta y sueltan el agua caliente a la quebrada y se mueren los peces. Me preocupa porque en vez de descontaminar, contaminamos en otro lado. La ANLA y Corpoamazonía están atrasados en eso. A nosotros no nos dan permiso para cortar una madera, le ponen peros, pero aquí no miran que hay nacimientos de agua que alimentan estas veredas. Después de dar la licencia en los nacimientos de agua parece que se puede contaminar lo que quieran porque no hay ley”, dice Gustavo.
Ante esta situación, el llamado es “abrir espacios de diálogo con las autoridades ambientales y la empresa responsable, para acceder a información transparente sobre lo ocurrido, sobre el estado actual de los pozos y avanzar hacia una reparación real. No solo del daño ambiental, sino también del impacto en el acceso al agua, el bienestar colectivo, cultural y los proyectos de vida de la comunidad”.
Pedronel, insiste en que la lucha también es por la continuidad de la vida en el territorio. “Yo he venido haciendo reforestación, (contiguo al bosque donde nace la quebrada afectada) y los animales ingresan a comer de mis frutales porque no tienen de dónde más. Pero ya me siento cansado. Uno quiere que esto no se acabe”, dice mientras pide que lleguen apoyos para continuar sosteniendo la vida, la cultura y la memoria del territorio.
A la fecha del recorrido, la comunidad no había recibido la visita de la ANLA y Gran Tierra Energy no realizó un pronunciamiento público sobre la emergencia, ni en su página oficial, ni en las redes sociales, de acuerdo con la verificación hecha a la fecha de esta publicación.
Al finalizar el recorrido, las barreras y los equipos de limpieza lograron contener parte del crudo y filtrar los aceites. Sin embargo, el cuerpo de la quebrada: piedras, hojas y troncos permanecen marcados, como huellas visibles de una contaminación que impacta más allá del solo flujo del agua. La quebrada Sardina sigue su curso, pero ya no es la misma: un hecho doloroso que las comunidades sueñan trascienda más allá de la atención de la emergencia a un proceso de reparación del tejido comunitario, cultural y ambiental.
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