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Jorge Contreras: El guardián de un bosque que se volvió biblioteca

  • Foto del escritor: Corporación Uma Kiwe  MadreTierra
    Corporación Uma Kiwe MadreTierra
  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura

“Para mí las plantas remedian”, dice Jorge mientras está en su oficina, un salón con pilas y estantes de carpetas que contienen plantas y muestras de hojas, flores, tallos y algunas semillas que han pasado por un proceso de secado para su conservación. “La palabra remediar viene de remedio, de sanación: significa que ellas ayudan a sanar las comunidades y a ordenar el territorio a través del sabedor, que es la autoridad tradicional”.


Jorge Contreras en el Herbario etnobotánico con plantas en proceso de registro. Foto: Paola Jinneth Silva
Jorge Contreras en el Herbario etnobotánico con plantas en proceso de registro. Foto: Paola Jinneth Silva

Este salón, ubicado en la parte trasera de las oficinas de Corpoamazonía, en Mocoa, es el primer herbario etnobotánico de Colombia. Jorge lo describe como una biblioteca de plantas secas. Un lugar donde ellas pueden tener voz: para mostrar quiénes son, qué hacen, quiénes son sus familiares, cuál es su diversidad, incluso si están en riesgo; si tienen un nombre o uso.


En su herbario, calcula unas 22.000 muestras, que representan cerca de 1.500 especies de la región y de otras zonas del país. “Es una base de datos para que la gente se pregunte si una determinada especie aún existen en su vereda o en la montaña cercana, y para que ese conocimiento se convierta en fuerza para defenderlas”. Afirma.


Explica que el herbario “es etnobotánico porque no sólo registra los datos científicos sino el uso mágico-religioso de los pueblos indígenas y campesinos. Este espacio es para mediar y generar confianza entre estas formas de conocimiento”. Este herbario es un espacio de memoria, de búsqueda, de encuentro y de resistencia frente a un territorio que se degrada cada vez más. 


El Observatorio Amazónico del FDCS identifica el Putumayo dentro de los departamentos amazónicos que aportan al 60% de la deforestación en Colombia, y aunque Mocoa es uno de los municipios con menor pérdida, registra la devastación de 356 hectáreas de selva natural en el 2024,  según el Global Forest Watch, plataforma digital que monitorea los bosques.

Flor de “borrachero” en proceso de registro. Jorge explica que la muestra conserva su color porque fue secada poco después de su recolección.  Cuando este proceso se retrasa, se utiliza alcohol para evitar la aparición de hongos, lo que hace que, durante el secado posterior, la flor pierda su color.  Foto: Paola Jinneth Silva.
Flor de “borrachero” en proceso de registro. Jorge explica que la muestra conserva su color porque fue secada poco después de su recolección.  Cuando este proceso se retrasa, se utiliza alcohol para evitar la aparición de hongos, lo que hace que, durante el secado posterior, la flor pierda su color.  Foto: Paola Jinneth Silva.

A Jorge, las plantas lo llamaron cuando dejó de ser ingeniero eléctrico y se dedicó a la biología y la fotografía. Desde entonces ha pasado por diversos herbarios nacionales y en Ecuador. Luego trabajó en el Herbario Amazónico del Instituto Sinchi, donde colaboró con fotografías para el Libro Rojo de Plantas de Colombia y participó en Guardianes del conocimiento botánico en Villalobos, Cauca, un proyecto de Naturamazonas, donde recolectó junto a campesinos las primeras plantas que dieron origen a la colección botánica del herbario actual.


Así, nace oficialmente en el 2022 el Herbario Etnobotánico del Piedemonte Andinoamazónico Jajen Saimaá (HEAA), en Mocoa, Putumayo. Su nombre combina dos lenguas: Jajen, en kansá, significa la chagra donde se siembra, y Saimaá, en paicoca, “camino”. Jorge lo interpreta como “sembrar en el camino”.


“Es un trabajo sin fin, sostenido con pocas manos, recursos limitados y reducida capacidad de investigación”. Este conteo y reconocimiento avanza lento y contrarreloj frente a las amenazas de la deforestación, la apertura de carreteras, la minería y las fumigaciones aéreas, que borraron chagras completas de plantas medicinales como lo narran sabedoras del Consejo Comunitario Villa Arboleda, en el Valle del Guamuez. 

El herbario etnobotánico contiene plantas nuevas para la ciencia, por ejemplo de bromelias que la gente local conoce pero la academia no y que esperan de especialistas que las nombren. Foto: Paola Jinneth Silva.
El herbario etnobotánico contiene plantas nuevas para la ciencia, por ejemplo de bromelias que la gente local conoce pero la academia no y que esperan de especialistas que las nombren. Foto: Paola Jinneth Silva.

“El Piedemonte Andinoamazónico es el lugar más cercano donde las plantas de los andes, los bosques nubosos y la amazonía se relacionan y hacen un intercambio genético que lo hacen un ecosistema muy diverso”, explica Jorge. Según el Sistema de Información sobre Biodiversidad de Colombia (SIB Colombia), en Putumayo se reportan 5.826 especies de plantas, 316 son endémicas, que solo existen en este territorio. En Mocoa, el SIB Colombia registra 2.524 especies, aunque sin incluir el conocimiento local que busca preservar este herbario. 


Una de las especies en riesgo de la región es el canelo de los Andaquíes (Mespilodaphne quixos), apreciado por su aroma y madera, incluido en la lista de las 71 especies amenazadas en Colombia, según el SIB Colombia. Mocoa alberga 15 especies amenazadas a nivel global, 100 endémicas, 91 exóticas introducidas de otros países y 70 bajo la regulación CITES, que controla el comercio internacional para evitar su tráfico o sobreexplotación. Entre ellas se cuentan varias orquídeas. 

Muestra de una especie de bejuco de Yagé, (Banisteriopsis) planta sagrada para los pueblos indígenas de la Amazonía y usada como remedio y canal de comunicación con la tierra. Foto: Paola Jinneth Silva.
Muestra de una especie de bejuco de Yagé, (Banisteriopsis) planta sagrada para los pueblos indígenas de la Amazonía y usada como remedio y canal de comunicación con la tierra. Foto: Paola Jinneth Silva.

En este bioma convergen 15 pueblos indígenas, los mismos que le enseñaron al estadounidense Richard Evans Schultes sobre el uso ritual y las propiedades enteogénicas (uso de plantas para curar desde el conocimiento ancestral “Encontrar a Dios dentro”) o alucinógenas de diversas plantas y hongos de la Amazonía. Aunque esta información entregada por los pueblos fue clave para la ciencia en el mundo, es el estadounidense quien figura como “el padre de la botánica”.


Pese a las dificultades, el herbario tiene avances concretos. Junto al pueblo Zio Bain, conocidos como la gente de chagra y yagé y ubicados en la cuenca del río Putumayo (Gantëya en lengua mai coca) en Puerto Asís, elaboraron una guía con 25 plantas de uso cultural. Un proceso que estuvo acompañado de los sabios de la comunidad y del remedio de yagé. Jorge cuenta que esa planta le dijo: “usted no sabe nada, vino aquí a aprender”.


Aunque cuenta con el apoyo de Corpoamazonía y es parte del Centro de Investigación y Extensión –CIECYT- de la Institución Universitaria del Putumayo, aún no tiene un lugar propio ni recursos fijos para sostener la colección. Jorge insiste en que el herbario sea un espacio con mayor atención, vivo, visitado por niños, mujeres y comunidades para reconectar con el saber de las plantas y que puedan reconocerlas como parte de su futuro. “Falta investigación científica, y no se trata de rescatar algo muerto, sino de retomar y reivindicar con las comunidades, especialmente con los niños, ese diálogo con las plantas. Ahora los niños pasan más tiempo conectados al celular que al bosque”, lamenta.

Imagen comparativa de la Tigre guasca (Aristolochiaceae) planta medicinal tradicional, usada para tratar el dolor de las picaduras de insectos. A la izquierda la imagen del Jardín Botánico de Plantas Medicinales del Centro Experimental Amazónico y a la derecha registro del Herbario Etnobotánico del Piedemonte Andinoamazónico Jajen Saimaá (HEAA) . Foto. Paola Jinneth Silva.
Imagen comparativa de la Tigre guasca (Aristolochiaceae) planta medicinal tradicional, usada para tratar el dolor de las picaduras de insectos. A la izquierda la imagen del Jardín Botánico de Plantas Medicinales del Centro Experimental Amazónico y a la derecha registro del Herbario Etnobotánico del Piedemonte Andinoamazónico Jajen Saimaá (HEAA) . Foto. Paola Jinneth Silva.

Jorge desde su herbario, Soraida desde la cocina y Manuel desde su jardín coinciden en una verdad simple y profunda: las plantas son la vida. En una región donde el bosque es la mayor universidad, invertir, reconocer y honrar a quienes sostienen este conocimiento con las plantas es urgente. Porque lo que no se conoce, no se defiende, y lo que no se defiende, se pierde.



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