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Cómo una comunidad Inga está preservando la educación Indígena en Colombia

  • hace 43 minutos
  • 7 min de lectura

Para los pueblos Indígenas de Colombia, la educación propia es una forma de resistencia cultural.


Niña dentro de la huerta medicinal, un espacio pedagógico donde aprenden a cuidar, cultivar y cosechar las plantas para los remedios, la alimentación y como ingredientes de los productos que elaboran en Kindi Tarpui.  Foto: Paola Jinneth Silva.
Niña dentro de la huerta medicinal, un espacio pedagógico donde aprenden a cuidar, cultivar y cosechar las plantas para los remedios, la alimentación y como ingredientes de los productos que elaboran en Kindi Tarpui. Foto: Paola Jinneth Silva.

Por: Paola Jinneth Silva Melo


Rosa Elena Hernández, de 65 años, lleva 37 enseñando su cultura. La docente Indígena Inga, sale en la mañana a caminar junto a ocho niñas y niños por los alrededores de su comunidad, en el resguardo Blasiaku, que significa “río de monos” en su propia lengua Inga.


En este resguardo de 67 hectáreas, las mañanas son calurosas y húmedas. Allí viven 34 familias, en el municipio de Villagarzón, Putumayo, territorio de la Amazonía colombiana. 


El caserío está organizado al contorno de una cancha de fútbol. A unos pasos está el territorio, que a la vez es la escuela de la comunidad: la chagra, las plantas de remedio, un cultivo de açaí, el tambu  – la casa tradicional – y el bosque. Las niñas y niños no solamente reciben las clases en el salón, también en la chagra, el bosque y el río.


Una planta de limoncillo, un tipo de pasto aromático con propiedades calmantes, detiene el recorrido. Los niños la observan con atención.


“¿Este es un ser…?” Pregunta Hernández. 


“¡Vivo!” Las niñas y los niños responden al mismo tiempo.


La profesora les habla de las plantas como seres que nacen, sienten, crecen y también mueren, dice señalando una planta cercana, cuya parte seca contrasta con el verde de sus hojas.


“¿Qué ha dicho el abuelo?” vuelve a preguntar.


Los niños recuerdan la enseñanza del iacha o médico tradicional Vicente Jacanamejoy: las plantas son seres vivos, por ello, antes de cortarlas hay que pedirles permiso.

“Así es”, afirma Hernández.


Entonces, les dice algo más. Cada planta tiene un espíritu que la protege y que también puede sanar. Por eso, antes de tomarla, hay que avisarle, pedirle permiso y agradecerle.


Así se vive la transmisión de conocimientos para el pueblo Inga: en el territorio y basado en el conocimiento tradicional. El recorrido, además, tiene otro propósito. 


Las niñas y los niños aplican medidas matemáticas, reconocen plantas, leen los mensajes que les quiere decir el territorio (como los ciclos de la luna), utilizan herramientas propias y occidentales para desarrollar habilidades sociales, y aprenden a crear emprendimientos sostenibles.


Rosa Elena Hernández, docente Inga, de la Institución Educativa Rural Bilingüe Atun Ñambi, sede Blasiaku, y líder del emprendimiento escolar Kindi Tarpui. Foto: Paola Jinneth Silva.
Rosa Elena Hernández, docente Inga, de la Institución Educativa Rural Bilingüe Atun Ñambi, sede Blasiaku, y líder del emprendimiento escolar Kindi Tarpui. Foto: Paola Jinneth Silva.

Una educación para permanecer en el tiempo y el espacio


La escuela de Blasiaku es una de las diez sedes de la Institución Educativa Rural Bilingüe Atun Ñambi —“camino grande”, en lengua Inga—, que desarrolla un modelo de educación propia construido por los Inga en los departamentos amazónicos de Caquetá, Nariño, Cauca y Putumayo.


Hernández hizo parte de esa lucha. “Fue ganar un derecho porque fue la posibilidad de elegir cómo queremos enseñar”, afirma.


La educación propia, también es una respuesta a una historia marcada por la colonización, la evangelización y el desplazamiento de familias, que provocaron la pérdida y fragmentación de prácticas culturales, según el Plan de Salvaguarda del Pueblo Inga.

Hoy, el pueblo Inga está en riesgo de exterminio físico y cultural  por el conflicto armado de largo plazo en Colombia. También enfrenta presiones sobre su territorio por la deforestación y el interés petrolero. En este contexto, la educación propia se convierte en una estrategia de pervivencia.


Durante los últimos 20 años, los 115 pueblos Indígenas de Colombia han luchado para garantizar que sus saberes se protejan a través de la educación propia, ganando derechos como el Decreto 2500 de 2010, que permite la administración de su educación y el Decreto 0481 de 2025 que reconoce y establece el Sistema Educativo Indígena Propio (SEIP).

Fue en ese camino que las autoridades espirituales del pueblo Inga impulsaron la creación, en 2019, de la Unión Temporal Ingakuna Sugllapi Tukuspa, actualmente a cargo del taita o seguidor de la medicina ancestral, Juan Carlos Jacanamejoy. 


En 2020 comenzó a administrar su educación con las cuatro primeras instituciones educativas, entre ellas, Atun Ñambi.


Taita Juan Carlos Jacanamejoy, líder del sistema de educación propia del pueblo Inga del Putumayo. Foto: Paola Jinneth Silva
Taita Juan Carlos Jacanamejoy, líder del sistema de educación propia del pueblo Inga del Putumayo. Foto: Paola Jinneth Silva

“Estamos animando que juntos podamos seguir enseñando a las nuevas generaciones para que en el tiempo los Ingas sigamos hablando nuestro idioma, alimentándonos con lo que nos da nuestra madre tierra y para que sigamos protegiendo nuestro territorio”, dice Jacanamejoy.


Actualmente, atiende a 1.267 estudiantes de siete colegios y 31 sedes, acompañados por 30 dinamizadores con roles espirituales, culturales y pedagógicos.


Pero la dimensión de esta educación se entiende mejor cuando vuelve a las manos de las futuras generaciones.


De la planta al jabón: raíz y polvo de cúrcuma, un ingrediente natural utilizado por los niños y niñas de Blasiaku en la elaboración de sus productos. Foto: Paola Jinneth Silva.
De la planta al jabón: raíz y polvo de cúrcuma, un ingrediente natural utilizado por los niños y niñas de Blasiaku en la elaboración de sus productos. Foto: Paola Jinneth Silva.

Del territorio al laboratorio


Las niñas y los niños cortan el limoncillo y lo llevan hasta un salón que funciona como laboratorio. Allí separan las hojas frescas de las secas y las pasan por una máquina que las tritura. El material resultante entra en un destilador. El agua hierve, el vapor asciende, y luego, se condensa hasta separar el aceite de la planta.


Los ninos preguntan ¿cuánto pesa?, ¿cuánta agua necesitan?, ¿cuánto tiempo debe permanecer al fuego? 


Después de media jornada, el resultado aparece en un pequeño frasco: aceite esencial de limoncillo.


No es solamente un producto. Es también una forma de aprender.


Ellas y ellos también han elaborado jabones, champús, cremas, canastas, escobas tradicionales y artesanías, entre otros. Todos estos procesos de transformación comienzan de una manera parecida: caminar el territorio con los abuelos, escuchar sus palabras, tocar, sentir, cosechar, elaborar, probar y, finalmente, llevar lo aprendido a las ferias como parte de un emprendimiento escolar: Kindi Tarpuy.


De la planta al producto: ortiga y champú elaborado por las niñas y los niñas de Blasiaku, presentado en un canasto tejido por ellos mismos. Foto: Paola Jinneth Silva.
De la planta al producto: ortiga y champú elaborado por las niñas y los niñas de Blasiaku, presentado en un canasto tejido por ellos mismos. Foto: Paola Jinneth Silva.

Aprender viviendo la cultura


Kindi es un colibrí, un ave de buenos mensajes y conocimientos para el pueblo Inga, y tarpuy se refiere a sembrar”, explica Hernández.


Este proceso de emprendimiento comenzó hace 10 años, cuando la comunidad de Blasiaku entregó una hectárea de tierra a la escuela. Las familias y los niños sembraron chontaduro (Bactris gasipaes). Con el paso del tiempo llegó la cosecha y sus frutos fueron vendidos.

Este proyecto permitió que estudiantes de diferentes cursos observaran el ciclo de vida de una planta. Ahora, complementan esa experiencia con un cultivo joven del fruto de açaí que una nueva generación comienza a ver crecer.


“También tuvimos marranos y gallinas ponedoras”, recuerda Hernández. “A los niños les emocionaba contar cuántos huevos recogían”.


Hace dos años, con el apoyo del SEIP, se consolidó el colectivo Kindi Tarpuy y se fortaleció el proceso que la comunidad venía construyendo.


“Se miró la necesidad de hacer un grupo y dejar ese conocimiento a las nuevas generaciones, que esos conocimientos vayan quedando en nuestros hijos, y que ellos también, de aquí a unos 20 o 30 años, puedan compartirlos con la comunidad”, dice Jesús Arbey Jojoja Quincho, dinamizador espiritual de las sedes educativas de Atun Ñambi.

El aprendizaje continúa cuando los productos salen del laboratorio. 


En las ferias, los niños también participan en la venta: aprenden a darle valor al producto, reciben dinero, hacen cuentas y aprenden a calcular cuánto se invierte y cuánto se puede obtener de una venta. 


De esta manera, una actividad que comenzó con una planta termina convirtiéndose en una clase de matemáticas, economía y organización comunitaria.


Stand de Kindi Tarpuy en una feria municipal en Villagarzón, Putumayo. Foto: Paola Jinneth Silva.
Stand de Kindi Tarpuy en una feria municipal en Villagarzón, Putumayo. Foto: Paola Jinneth Silva.

En Blasiaku todo lo que realiza la comunidad se guía por el remedio del Ambi waska o Yagé.


“Es una planta natural y medicinal que la preparamos y nos ayuda espiritualmente a orientar y fortalecer el resguardo”, dice Yolanda Jacanamejoy, gobernadora del Resguardo, quien resalta que esta práctica espiritual de tomar el Ambi waska empieza para un Inga desde el vientre de la madre, este proceso lo acompaña el médico espiritual, su padre, el iacha Vicente. “Esta medicina es de fortalecimiento y purificación del cuerpo y de relacionarse bien con el territorio”.

Amanda Jacanamejoy, alcaldesa mayor y madre de familia, resalta que este proceso de educación ha sido valioso porque ella está aprendiendo de sus hijos: “Ellos saben del calendario ecológico, de los ciclos lunares y son los que nos dicen en la casa, mamá no es el tiempo para cortar esa planta. Entonces también nos enseñan”, agrega.

En un estante del laboratorio, se ven jabones, shampoo, canastos y aceites que los niños han preparado. “Soñamos que Kindi Tarpui se convierta en un emprendimiento comunitario”, dice Elena.


Retorno a casa


Antes de terminar la jornada, las niñas y los niños regresan al salón de clase: el de los pupitres, el tablero y los calendarios, pero también el de las paredes adornadas con simbologías Inga, los canastos propios, una bodoquera – coronas tejidas en lana – y chontas, bastones que representan roles de autoridad en el gobierno estudiantil.

Los estudiantes presentan dibujos de las plantas que han utilizado en Kindi Tarpuy. 


Chely Pakari, de ocho años, dibujó el romero y la sábila. “Estas plantas las encontramos en la huerta y sirven para hacer jabones y shampoo. Y del romero también sacamos aceite”, dice antes de sentarse.


Otro compañero ocupa su lugar. “Yo hice el yachapo, un árbol que encontramos en la huerta y sirve para hacer shampoo. También pinté el achiote, que sirve para hacer cremas, para darle color a la sopa y para embellecer la cara”, cuenta Catalina Córdoba, de nueve años.


Después participa Dana Jacanamejoy, de 10 años, con un dibujo de romero. 


Juan Carlos Jacanamejoy muestra la ortiga, una planta que, según cuenta el iacha utiliza para sacar las malas energías y el mal aire. También habla de la cola de caballo, utilizada para extraer aceites. 


Lyvis, de cinco años, dibuja la sábila con ayuda de su mamá. Dice que con ella se hace shampoo para bañarse.


Al final, Tomás, de nueve años, muestra un dibujo en el que aparecen sus compañeros dentro del tambu (la casa tradicional), elaborando jabón.


La jornada escolar está por terminar. Las niñas y los niños salen del salón, pero antes se reúnen para cantar una canción de despedida en su idioma nativo:


Saia chisunchi iachaita

Levantemos los saberes

nukanchi wawa kunata

con nuestros niños y niñas

mana iviarispalla Kausangapa (bis)

para no vivir en el olvido.

Atun sachakunata kuchununa

Cortaron, tumbaron los grandes árboles

angu wiñarispa tugtunakun

las raíces crecen y florecen,

kai mana rimaglla kancha

esto no es unicamente hablar,

kaipi terpunakunchi

aquí estamos sembrando,

Nukanchi manaskasina

lo que nosotros queremos.

mana iviarispalla kausangapa (bis)

para no vivir en el olvido.


Es allí donde Hernández encuentra, cada día, una respuesta de cómo permanecer en el tiempo y el espacio sin dejar de ser quienes son: volviendo a la tierra, a la medicina, a la lengua y a los conocimientos como herramientas pedagógicas que durante generaciones han sostenido la vida en el territorio.


Este artículo se realizó originalmente para ThinkLandscape en colaboración con Agenda Propia.


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